Cuando me siento triste mi cuerpo se desinfla, como un globo fin de fiesta que pierde de a poco el aire, y pasa a convertirse en un fragmento usado de látex, que a pesar de conservar las mismas propiedades que tuvo antes, ya no sirve para volver a inflarse. Cuando me siento triste me convierto en el instinto primal de la cría recién nacida, y aún ciega de un animal, que por debilidad y extrañeza desea volver al utero húmedo y caliente de su madre, y que se arrastra torpemente para acercarse a su latido, para meterse adentro. Cuando me siento triste me refugio en la secuencia minimalista de quince temas del disco de Lou Reed y John cale, ese tributo a Andy Warhol llamado Songs for Drella, que cuenta su vida de joven de pueblo, su arrogancia avasallante, sus creencias sobre el arte y el dinero, el arte pop y las cajas Brillo, y el episodio en el que la esquizofrénica Valerie Solanas lo quiso matar. Cuando madura el knock out en mi alma crepuscular, el sol me lastima y la noche me perdona quedarme de rodillas, y camufla la derrota que la luz incorrupta exhibe sin la empatía del favor que no me debe.
Cuando me quedo de rodillas intento hacer del mundo una capilla ardiente, y me mantengo a resguardo para que no me siga desgarrando, a la manera de un animal herido o enfermo, que fuga de su espacio buscando otro espacio alejado de lo humano, para recuperarse o exhalar su último hálito. Una muerte de animal no domesticado, una muerte de llamado de la selva que impone un silencio posthumano, de estrellas testigos de noche cerrada. Cuando mi cuerpo está débil no exhibo credenciales de existencia fuerte, las que no asimilan que soy un ser para la muerte, y entonces me abandono con libertad, a recordar el pozo envenenado de mi pasado, encapsulado en la razón que busca el eje, y lo proyecto cual enjambre de imágenes en la sala oscura y enervada de mi conciencia, de mi teatro de la mente, y bajo el pulso que provoca el movimiento que mece mis dias, lo perforo y lo relleno con balas de carne de mi propio cuerpo, lo persigo, lo perdono, lo fusilo, lo inhumo, en un viaje catártico de sangre y venas, de genes y células, historia y herencia.
Cuando mi cuerpo está triste se pone débil, y la bilis negra viaja cual flecha imantada desde el medioevo, y se acuesta a mi lado coagulada con mi perra también negra, que me cuida y asimila mi energía, que traduce mi tristeza en su nobleza, bajo un ritual de amor que sellamos más allá de toda vida. Cuando la bilis negra deja de ser la anécdota del grabado renacentista del alemán Durero y se aloja en el hígado del cuerpo, produce una lava espesa que corre oscura entre los órganos cual pelota de flipper, cubriendo con una capa de enfermedad lo que hace instantes era sano, moviendo la aguja remedio/veneno hacia el lado oscuro de ese par de opuestos. Cuando la bilis negra se vuelve un visitante de mi existencia, no me ahuyento sino que me reconcentro, me observo, me estudio, me palpo, me atengo en lo que puedo aprender de ese invitado extranjero, como aprende un eremita de la práctica de la soledad, o un creyente de un ejercicio espiritual. Cuando mi cuerpo está triste le urge la posición horizontal, descansar el cuerpo como se hace descansar un auto en un garaje, sin promesas de paseos ni encendido de motor, como se hace descansar una usina que no para, un fuego por años prendido, la luz de una llama calcinada.
Un cuerpo descansado en posición horizontal es reflexión corporal sobre la muerte, un ejercicio espiritual de lo que sobreviene, una instancia de desamparo, un anhelo de encanto. Un cuerpo arrojado a la posición horizontal hace del colchón el testigo ocular de ese cuerpo, que marca con sus huellas, olores, fluidos y manchas todo lo que de él emana. El colchón es la historia de ese cuerpo que ahora yace y descansa, un pasaporte a la memoria del dolor y del recuerdo, una cisterna que absorbe el agua, un descampado que invoca ser ocupado. Un cuerpo vivo es una máquina de producir sustancias reales y ficcionales, recuperar la vida básica y apuntalar el alta, disolver y coagular sus capas, unir máquinas con otras máquinas. Un cuerpo es la ramificación plena del sentimiento y el pensamiento, y se encuentra pegoteado por todo lo que se cruza, y mientras no detiene su marcha va arrastrando costras de millones de partículas del universo entero.